Cuando voy a un auditorio a disfrutar de un concierto, me gusta encontrarme cuidado cada detalle. La razón es muy sencilla: no es tan difícil hacerlo.

El pasado sábado, 13 de abril, asistí a ver a la Orquesta Nacional. Y sí, digo a ver porque la música, además de escucharse, se ve. La cita fue con Alondra de la Parra y Michel Camilo. El repertorio, latinoamericano vinculado al séptimo arte dentro del ciclo Música y Cine. El auditorio, lleno; el título del programa hizo muy bien su función de reclamo al gran público. Una orquesta donde la paridad brillaba por su ausencia.

Tras el guirigay sonoro que los músicos nos ofrecieron a los oyentes hasta el inicio del concierto (dejad algo a la imaginación y a la sorpresa, no es necesario que escuchemos todos los motivos principales de West Side Story antes de su interpretación), la gran Alondra de la Parra salió a escena con aura radiante.

Tras unos instantes en los que la maestra, con su quietud, llamaba al silencio en la sala, comenzaron a sonar las primeras notas de las Danzas Sinfónicas de West Side Story, de mi gran admirado Bernstein – como bien sabéis.
El Prólogo de esta obra, que contó con unas cuerdas graves claras y precisas, no contó con una orquesta empastada debido a la imprecisión de los metales. Su sonido roto, distó mucho de la intencionalidad del compositor para introducirnos  en la jungla neoyorquina. Quedaron fuera de contexto.

Alondra, enérgica en el gesto, hizo alarde de una mano izquierda expresiva, involucrando todo su cuerpo en estas danzas, como si formase parte del cuerpo de baile del musical.
El ensamblaje mimado entre cuerda y maderas y la efusividad y cuidado de la sección de percusión – brillante en todo el concierto – nos transportó al Nueva York callejero que ambienta esta pieza. Fue en el Mambo, cuando, por fin, la orquesta entró por completo al juego de Alondra, a la cual no le hacen falta grandes gestos para conseguir esa sonoridad bersnteniana.

Durante los enérgicos aplausos del público, los músicos se relajaron tanto que se olvidaron que los que estábamos allí, les aplaudíamos a ellos. Lenguaje corporal relajado en exceso, distracción y desconexión en muchos de ellos, hizo a la maestra reclamar su atención en más de una ocasión. Quizás se les haya olvidado a mis colegas que, aunque hayan dejado de soplar por unos instantes, siguen en su puesto de trabajo.

Tras la reubicación de la orquesta para subir el piano, volvió a escena la maestra con la compañía del gran Michel Camilo. A pesar de un comienzo de Rhapsody in blue, para mi gusto, poco fluido y dubitativo del clarinete, Manuel Blanco, con su brillante sonido, tomó el relevo de la pieza con una elegancia al más puro estilo Upper East Side de la gran manzana.
Camilo regaló una versión propia, con gusto exquisito tal y como reflejaba en sus gestos faciales. Dejó su sello y ofreció un bis que enfervoreció a la audiencia, dejándonos con ganas de más.

Después del descanso, la sutilidad y elegancia de Alondra impregnaron el escenario, consiguiendo una bella línea melódica del clarinete acompañado por las claves y el contracanto del piano.
Algo que me dejó boquiabierta durante todo el concierto y que tuvo un momento especial en esta obra, fue el trabajo dinámico y  el fantástico resultado que consiguió la maestra. En los momentos finales del Danzón Nº2 de Marquez, consiguió un piannisimo súbito que cortaba la respiración, y sin hacer gesto alguno, construyó un crescendo orgánico que hizo gala de su maestría.
Destacar – en realidad durante todo el concierto – las bravísimas intervenciones del primer flauta, Álvaro Octavio. Un color cálido en su sonido y un abanico dinámico extraordinario.

Y llegó la gran sorpresa de la velada: La Noche de los Mayas, banda sonora original de la película homónima que data de 1939. Esta suite, compuesta de cuatro títulos, es del compositor mexicano Silvestre Revueltas.
Alondra, aunque ya tenía al público metido en el bolsillo desde la primera obra de la noche, consiguió  complicidad plena al querer compartir con nosotros la procedencia de esta obra y el argumento de la película.


Para mi,  fue la obra culmen del concierto, sin desmerecer las precedentes. Me sorprendió su fuerza tribal y étnica mezclada con tintes post-románticos e impresionistas. Una obra en la que la sección de percusión -con al menos una decena de percusionístas-, tuvo un papel protagonista, el cual defendieron con fiereza, precisión y brillantez. Una orquesta con una cuerda sonora y contundente, una madera nítida y unas trompas desgarradoras y sorprendentes. Momento místico cuando dos de los trompístas hicieron sonar esas caracolas que introdujeron al oyente en el rito indígena de la selva del sureste de México.

Una velada de sobresaliente. Un auditorio donde danzar. Un auditorio en el que nos unimos público y orquesta  en el Danzón Nº 2,  un bis efusivo y merecido.